“Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se aficionaba:
primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quien él tomara
de bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la voluntad los
zaques y, últimamente, las frutas de sartén, si es que se podían llamar sartenes
las tan orondas calderas; y, así, sin poderlo sufrir ni ser en su mano hacer otra
cosa, se llegó a uno de los solícitos cocineros, y con corteses y hambrientas
razones le rogó le dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas.
A lo que el cocinero respondió:
—Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición la hambre,
merced al rico Camacho; apeaos y mirad si hay por hay un cucharón, y
espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.”
© Ramón Broceño Caminero 2008
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